miércoles, 18 de junio de 2008

XIV.MATRIMONIO SACRAMENTO


XIV. MATRIMONIO SACRAMENTO: LA GRACIA ESPECÍFICA DEL SACRAMENTO

El matrimonio se inserta en el amor de Cristo y de la Iglesia (Ef 5, 22-23); esta alianza humana se coloca en el ámbito de la Alianza entre Dios y su pueblo. En la relación al cónyuge, éste no es ya un objeto, sino una persona. La unión entre un hombre y una mujer es la respuesta a la llamada de Dios, que los bendice para ayudarles a construir una nueva vida bajo su mirada y la efusión de sus gracias.
La gracia específica del sacramento del matrimonio es la presencia actuante del misterio del amor de Cristo a la Iglesia y su unidad con la Iglesia.
La agracia del sacramento ayuda a los esposos a una adecuada integración del eros y del ágape.
Esta gracia ayudará a los esposos a vivir su dimensión comunitaria y su fidelidad.
Es fuente de santificación, ya que por el sacramento su vida ha sido consagrada a Dios.
La actuación del sacramento podemos contemplarla desde estos dos aspectos.

1. Desde el mismo sacramento.
El matrimonio es un sacramento que confiere la gracia, como acabamos de ver. La gracia del sacramento actúa no solo en el momento, en que los esposos se dan el sí ante el altar, sino durante toda la vida.
El matrimonio no sólo se realiza en el momento de la celebración, sino a través de toda la existencia. Su función es permanente. El matrimonio es un compromiso para siempre, que se actualiza en la medida en que los esposos, por la fe, se esfuerzan en alimentarlo por el amor, y por el sacrificio de cada día. Dicho de una manera más sencilla, el matrimonio se realiza en el momento de celebrarlo de una vez para siempre, pero no permanece muerto o inerte, sino que sigue vivo y actuando hasta el final de la vida.
El amor en el matrimonio es algo que está sometido a un continuo dinamismo, ya que el amor no tiene ni fin ni límites. Cada día, cada, hora y cada minuto los esposos pueden crecer en ese amor con la ayuda del sacramento.
¿Cuáles son las características especificas de esta gracia?
Las han explicado los teólogos y especialmente las nuevas corrientes de espiritualidad matrimonial elaboradas por los mismos laicos.
La primera pregunta que nos hacemos es sobre la relación que existe entre el amor humano y el amor divino. Cuando marido y mujer se deciden a unirse en matrimonio, Jesucristo santifica ese amor y está en el centro de esa unión no sólo en el momento de la celebración, sino durante toda la vida. Paul Claudel ponía en la boca de un personaje estas palabras: La fuerza con que te amo no es distinta de aquella por la cual tú existes”.
“Jesucristo no sólo estará junto a ellos, sino también en ellos; quiere, desde dentro, purificar y ennoblecer cada instante de su vida conyugal. Los esposos tienen, según dicen los teólogos, un derecho estricto a las gracias de su estado; no nos dejemos engañar por el aspecto jurídico de estas palabras, que parece resbalar por las superficie de las cosas; este derecho es más que una certidumbre, es una Presencia; es Dios trabajando en su vida.[1]
¿Cuáles son estas gracias?
1.-El amor humano está herido por el pecado original. En su trayectoria recibe muchas emboscadas, por los egoísmos, por la pasión, por la comodidad. Por la gracia del sacramento el Señor cura nuestra carne, alivia nuestras debilidades y egoísmos y nos da fuerzas para crecer en generosidad, entrega y servicio.
Ese amor es fecundo. Dios les dio el mandato de poblar la tierra. Los hijos son el fruto de ese amor. Los esposos han sido los colaboradores de Dios en esta obra creadora y a las vez los corredentores, porque van a llevar a sus hijos a la Iglesia para recibir el bautismo, incorporarlos al misterio de la Iglesia y enseñarles el camino del amor a Dios.

2. Desde la fe de que los recibe.
El sacramento para que actúe y sea fructífero necesita la activación de la fe. Sin fe el sacramento no produce sus frutos.
Es necesario que haya cooperación por parte de los esposos. Dios respeta la libertad humana y quiere que el hombre tome la iniciativa para responder a esa llamada. El camino es amarse cada vez más y Dios llenará con su plenitud ese amor. La esencia del cristianismo y la santidad están en el amor.
San Pablo dice que somos del Señor, vivimos para el Señor y nuestra vida debe estar dirigida a El. Esta vivencia por la fe lleva a los esposos a ser conscientes de ese compromiso permanente de que toda su existencia está dirigida a Jesucristo.
Los teólogos distinguen estas dimensiones en la vida de los esposos.
1. Dimensión eclesiológica.

Por el bautismo entramos a formar parte de la Iglesia. Por el matrimonio el cristiano entra en esa comunidad, que va a ser la base del crecimiento de la Iglesia y de la sociedad. De hecho la Iglesia empezó siendo doméstica y creció en la familia y desde la familia evangelizo al mundo pagano en los primeros siglos. Por este motivo el Concilio ha vuelto a rescatar el concepto de Iglesia doméstica con estas bellas palabras: En esta iglesia doméstica los esposos deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocación propia de cada uno (LG.11; AA. 11; Lg. 41; GS. 48).
Juan Pablo II de una manera más detallada explica esta misión: Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio del Reino de Dios en la Historia, mediante la participación en la vida y en la misión de la iglesia. Son múltiples y profundos los vínculos que unen entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de ésta última como una Iglesia en miniatura (Ecclesia domestica), de modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación histórica del misterio mismo de la iglesia…La familia está llamada a tomar parte activa y responsable en la misión de la Iglesia de una manera propia y original, es decir, poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y amor….Su participación en la misión de la Iglesia debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos, en cuanto familia, han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo (FC. 49, 50).
La familia y la iglesia no se identifican, pero en el matrimonio los padres incorporan a sus hijos a ella por el bautismo, los educan y les ayudan a crecer en la fe con su testimonio y sus enseñanzas. La familia tiene que ejercer su acción evangelizara en el mundo con su testimonio y con la proclamación de la palabra de Cristo. La familia es una iglesia en pequeño, porque ellos, como sacerdotes, cada día ofrecen en el altar de su casa sus ofrendas, sacrificios y oraciones.
2. Dimensión cristológica.
El matrimonio tiene una base natural, ya que es una realidad terrena. Cristo lo eleva a la categoría de sacramento y entra a formar parte del misterio de Cristo, Vosotros os casáis en el Señor, decía Pablo, ya que la presencia de Cristo en este amor, santificado por su gracia es una realidad viva.
Los esposos al casarse entran a formar parte de la Historia de la salvación, especialmente en el misterio pascual de Cristo.
Cristo, muriendo en la cruz por los hombres en la cruz es la respuesta a la unión de amor existente en el matrimonio. Si esa entrega de Cristo fue tan absoluta, esta relación sacrificial tiene también que producirse en el matrimonio. La muerte y resurrección de Jesucristo son la medida de esta entrega. En Cristo la muerte se ha hecho don, sacrificio, entrega y salvación. La muerte de Jesús, como donación total, es el ejemplo a seguir. Saber morir cada día en la presencia del amor pascual, que les acompaña. Esta presencia de Cristo en su amor es una realidad santificadora de dones y gracias. La figura de Jesús de Nazaret debe estar tan presente en sus vidas, como un Alguien, a quien tienen que seguir.
Se trata de una relación no meramente simbólica, sino de una relación real, ya que Cristo vive, está y actualiza en cada momento esa relación.
3.Dimensión pneumática
La iglesia es el sacramento del Espíritu de Cristo. El Espíritu Santo actúa, está presente en todos los sacramentos. El Espíritu Santo no sólo actúa, sino que es un don. Este don es la gracia del Espíritu, que actúa en nosotros para cumplir la misión y los compromisos mutuos que los esposos deben realizar en su vida matrimonial. El Espíritu con sus dones, les da fuerzas para permanecer en la fidelidad, en la entrega y en la generosidad. Por el bautismo somos incorporados a la iglesia, por el sacramento del matrimonio somos consagrados para realizar la misión salvífica de Cristo en la familia y en la sociedad. El Espíritu es principio de comunión y renovación (Ef.2, 22; 4, 4-6).
4. Dimensión trinitaria
El matrimonio es imagen de la Trinidad. Hagamos, al hombre, a semejanza nuestra. Este plural, dicen los exegetas, no es algo meramente simbólico, sino real, ya que el hombre y la mujer, son expresión de las relaciones interpersonales, existentes entre la divinas personas. Estas relaciones son fundamentalmente de amor, ya que Dios es amor. El Ser trinitario crea en los esposos un ser intermatrimonial, para ser también una sola carne.
[1] E. Caffaret, Nuevas perspectivas del matrimonio, 248, E. Litúrgica Española, 1962.